¿Inmediatez o idiotez?

Lost in Time

En esta era donde la tecnología guía nuestras vidas, quizá uno de sus frutos más preciados sea la inmediatez. Cosas que antes nos costaba tiempo y esfuerzo obtener, hoy están al alcance de un click.

La inmediatez tiene muchas cosas buenas, pero también tiene su cara oscura. En un post anterior, escribí sobre la gratificación instantánea que, sin duda, es cada vez más frecuente gracias a la ubicuidad de la información. Y concluíamos que ésta podía convertirnos en niños mimados.

Pero hoy quería escribir sobre otro ámbito relacionado con la inmediatez: el difícil equilibro entre la información inmediata y la profundidad del pensamiento. Parece que tenemos un apetito incansable hacia el consumo de información. Nos conectamos a los diarios de Internet varias veces al día, pero leemos poco. Según datos de la ojd, un usuario único de los principales medios online ve 4,3 páginas por visita (la home y tres más), aunque no sabemos si al click le sigue una lectura atenta o sólo una visita fugaz. El mismo diario lo visitamos alrededor de 1,5 visitas al día, y visitamos varios diarios.

Nos parecemos bastante a un niño glotón que, sin supervisión paterna, hace varias incursiones a la nevera durante el día. Sólo que, cada vez que lo hace, encuentra un nuevo pastelito al que da un bocado para luego tirarlo a la basura.

Hace unas semanas, la jefa de los informativos de una importante cadena de televisión norteamericana me comentó que alguien le había echado en cara cubrir la noticia del tsunami de Japón doce minutos más tarde que twitter. ¡Doce minutos! ¿Os imagináis? Una eternidad.

Como con tantas cosas que se refieren a la red, nos enorgullecemos de esta capacidad para satisfacer nuestras necesidades informativas en cualquier momento y lugar. ¿Es la inmediatez tan importante en nuestra sociedad? ¿No competirá con nuestra capacidad de profundizar y de desarrollar un pensamiento propio?

Foto: Lost in Time By neuza teixeira

La juventud en España: ¿sal y pimienta o mantequilla?

Lobby

La juventud representa el futuro de nuestra sociedad. En lo económico, los jóvenes de hoy serán la locomotora del gasto mañana. En lo social serán, cuando menos, los educadores de las próximas generaciones. Conviene, por tanto, analizarlos.

Hay dos temas sobre los que debemos reflexionar detenidamente: su situación laboral actual y sus valores adquiridos, pues ambos determinarán en gran medida su capacidad de impulsar nuestra sociedad.

En el plano laboral, la juventud es la principal víctima de la actual crisis económica. El índice de paro y de precariedad son altísimos, y así su emancipación no hace más que retrasarse. Pero es preciso que lo hagan pronto, pues cuando cumplan los 50 tendrán que pagar el doble de pensiones que pagaron sus padres. Es por ello que, cada año que pasa, veamos el futuro de los jóvenes más negro.

¿Y qué hay de sus valores? Me comentaba un amigo que la juventud, como los sindicatos, había sido la “sal y pimienta” de la sociedad, pero hoy se había transformado en la “mantequilla”. Por un lado, es cierto que ha adoptado valores muy importantes hasta ahora inexistentes en el “españolito” medio: la concienciación hacia el medioambiente, la igualdad entre hombre y mujer, o la preocupación por la inmigración. Muchos dicen (no tengo datos) que nunca hasta ahora los jóvenes se apuntaban a tantos ideales. Claro que apuntarse es fácil, sacrificarse por ellos es otra historia.

Y es que ésta no es sólo la juventud de las causas nobles. Es también la de las drogas, el botellón y la tele-basura. Aunque quizá lo más novedoso es su desconfianza e indiferencia hacia casi todos los que trabajan o dicen que trabajan por hacer un mundo mejor. El 83% de los jóvenes piensa que a los políticos “no les interesa la gente como yo” y el 84% que los políticos sólo buscan sus intereses personales. Quizá ese descontento es el que ha provocado su total desinterés por informarse: apenas leen la prensa política, ni en papel, ni en Internet.

Tampoco confían en otras instituciones: el congreso de los diputados, los sindicatos, la monarquía, el ejército, y la iglesia católica. Sólo las ONGs consiguen aprobar por los pelos.

Son tremendamente individualistas, y muy pocos pertenecen a ninguna asociación ya sea de voluntariado, política, cultural o religiosa. Desgraciadamente, el fútbol es una excepción. Pareciera que a los jóvenes no les gusta lo que ven a su alrededor, aunque ni se indignan ni proponen alternativas. ¿Será que son prácticos y entienden que no pueden cambiar las cosas? ¿O será que están tranquilos mientras tengan “pan y circo”?

Estos son los jóvenes que hemos formado. Esta es la España que les hemos dejado. ¿Serán sal y pimienta o, por el contrario, mantequilla?

Foto: Lobby, By tokioshi

Políticos corruptos, ¿ciudadanos idiotas?

Good Fortune

Me decía mi primo, que un colega de un país eslavo le preguntó recientemente: «¿Es verdad que estáis con casi 5 millones de parados? ¿Es verdad que no hay crédito para el pequeño y mediano empresario? ¿Es verdad que cada semana hay un nuevo caso de corrupción política?» A lo que él, muy resignado, contestaba: «Pues sí, es verdad». Y su colega, como si no entendiese nada, le hacía esta última pregunta: «¿Y no estáis en la calle, como en Túnez?»

Y es que lo que está pasando en España es insólito. Mientras el paro aumenta, vemos cómo muchos de nuestros políticos defienden sus sueldos vitalicios. Nos enteramos de tantos casos de corrupción que empiezan a dejar de ser noticia. Altos directivos de empresas rentables empiezan a ir en turista, pero nuestros eurodiputados, ¡que lo han hecho tan bien!, quieren ir en business. Algunas cajas mantienen los consejos de administración que las quebraron, mientras el FROB, con nuestros impuestos, les salva la cara. El gobernador del Banco de España reconoce que actuó tarde en la reforma de las cajas, pero no dimite. Y el partido gobernante piensa en sus luchas internas en vez de en el bien del país, con una oposición aletargada esperando a que el otro caiga, más que a aportar ideas nuevas.

En una carta al director del Diario Noticias de Navarra, un lector se preguntaba si somos idiotas. Otros dicen que no, que estamos dormidos. Y yo me pregunto si no será que nuestros nuevos valores nos han dejado narcotizados, sin capacidad de responder a ningún estímulo. ¿Narcotizados, dormidos o idiotas? ¿O las tres cosas a la vez?

«¡Indígnate!» Con este título, el diplomático nonagenario Stéphane Hessel ha escrito un ensayo corto que ha vendido millones de ejemplares en Francia. Hessel hace un llamamiento especial a la juventud, de la que formó parte como miembro de la resistencia nazi en París, en los años 40, cuando tantos europeos se sacrificaron por unos altos ideales. Para él, la indiferencia es la peor de las actitudes.

¿Se indignará nuestra sociedad? ¿Lo hará la juventud, como lo ha hecho en tantas ocasiones de nuestra historia? Cuando comparto esta inquietud con amigos, muchos me dicen que la juventud, que es la primera víctima de esta crisis, no va a hacer nada, porque no tiene hambre y está dormida.

Sin embargo, si yo fuera político, estaría nervioso. Como dice Hessel: “si hoy, como entonces, se encuentra una minoría activa, esto será suficiente, tendremos la levadura para elevar la masa.” Los sindicatos están comprados. Pero hoy hay mecanismos más rápidos, y más creíbles para movilizar a una población descontenta. ¿Qué analista político podría haber augurado lo que está pasando en el mundo islámico?

Es cierto que allí hay menos libertad. Es verdad que allí pasan hambre de verdad. Pero nuestros estándares son más altos y aquí la clase media se está destruyendo a marchas forzadas. Casi cinco millones de parados, una corrupción galopante, una juventud sin futuro, inflación, desorientación de valores… son ingredientes muy peligrosos.

La clase política debería tomar nota. ¿Se puede seguir manipulando a nuestra sociedad? ¿Es mejor mantenerla narcotizada?

¿No será mejor cambiar España ya?

Foto: Good fortune By Pink Sherbet Photography

Nota: En una versión anterior de este post, atribuía el texto “¿sois idiotas?” a Pérez-Reverte, ya que el mismo me llegó por email indicando que el texto era suyo. Pero, por lo visto, el texto viene en realidad de un lector del Diario Noticias de Navarra. Lo he corregido por tanto en este post y he actualizado el link. Agradezco a mis blog-lectores la aclaración.

Maigret, Starbucks y el buen diagnóstico

And this is how we gain perspective

Decía en mi anterior post que en las empresas, a menudo nos enfocamos en el problema (los síntomas) y saltamos a la solución con demasiada premura. ¿Cómo asegurarnos que hacemos un buen diagnóstico?

Hace unos meses, curioseando un antiguo libro del IESE de 1975, “Temas de educación para los negocios. Homenaje al profesor Ralph M. Hower”, di con un capítulo de mi colega Jose María Rodríguez Porras, “La lógica de Maigret y su implicación para la decisión”.

En este capítulo Jose María, ávido lector de las aventuras del Comisario Maigret, utiliza su lógica y hace un paralelismo con el mundo de los negocios. Resumiré aquí los puntos que más me llamaron la atención.

  1. No precipitarse en el diagnóstico. Cuando Maigret se enfrenta al crimen por primera vez, no se deja llevar por el instinto y no se precipita. No hay problema en decir TODAVÍA NO TENGO OPINIÓN.
  2. Empaparse en los hechos. Maigret se queda horas en el lugar del crimen, estudiando cada detalle, esperando a que se abra una puerta, entre la luz por una ventana… Se enfrenta a la realidad. Está dispuesto a aceptar como verosímil cualquier hipótesis.
  3. La síntesis final: Maigret se pone pesado. Se pone a pensar hasta que le llega la luz. Como dice el procesor Rodríguez-Porras “las decisiones importantes llevan un tiempo que difícilmente puede abreviarse y que encierran procesos psicológicos que no podemos controlar a nuestra voluntad”

Volvamos al ejemplo de Starbucks… En Starbucks se precipitaron en el diagnóstico. Se crearon una opinión prematura. Nadie parecía empaparse de los hechos. Quizá porque no tenían Director de Marketing… todos eran responsables del cliente y de estudiar el mercado y, al mismo tiempo, nadie lo era. Quizá porque nadie se atrevió a decirle a Schultz que su “tercer lugar” se empezaba a parecer cada vez más a un McDonalds. O quizá porque Starbucks miró demasiado al mercado que compraba sus acciones y demasiado poco al mercado que bebía sus cafés.

A veces nos precipitamos porque tenemos ganas de diagnosticar ya. Otras veces, lo hacemos con premura, porque no sabemos cómo hacerlo. Y otras, simplemente no nos atrevemos a reconocer ciertas cosas.

¿Qué recomendaciones daríais a alguien que tiene que hacer un diagnóstico?

 

Foto: And this is how we gain perspective, By ..AVA..

Si quieres reconvertir tu empresa, empieza por un buen diagnóstico

Stethoscope

Me gustaría escribir una serie de posts sobre algunos temas que toqué hace cosa de dos años en una conferencia sobre reconversiones comerciales. En dicha conferencia empezaba hablando de las causas por las que se producen las recesiones en las empresas, de los tipos de recesiones, de los años que se tarda en llegar a los mismos niveles de EBITDA de antes de la crisis, y de las crisis psicológicas que se producen en los equipos directivos que no saben “coger el toro por los cuernos”. Pero debido al límite de espacio, iré directamente a lo más práctico: las fases necesarias para una reconversión comercial.

Según los entendidos, las fases son:

  1. Cambios en la cúpula directiva
  2. Diagnóstico
  3. Atrincheramiento
  4. Estabilización
  5. Vuelta al crecimiento

La primera fase, la más desagradable. No siempre ocurre, especialmente en empresas familiares. Pero sí en muchas otras, como las que cotizan en bolsa. A veces no es justo, otras sí, pero los mercados entienden poco de justicia y mucho de señales.

La segunda, la menos practicada… y de la que quiero hablar hoy y en otras entradas futuras. En mi experiencia, las empresas a las que les empieza a ir mal tienen mucha prisa por ponerse a cambiar cosas, pero dedican muy poco tiempo y recursos a realizar un buen diagnóstico comercial de su situación.

¿Cómo hacer un buen diagnóstico? Los médicos lo tienen claro. Para ellos el diagnóstico es crítico, y siempre siguen estos cuatro pasos:

  1. Observar los síntomas (que son los efectos no deseados)
  2. Diagnosticar la enfermedad (que es la causa no deseada)
  3. Prognosis de la cura (el efecto deseado)
  4. Prescribir el tratamiento (la causa deseada)

Por tanto, en negocios hablaríamos de:

  1. El problema (que son los efectos no deseados)
  2. La causa del problema (que es la causa no deseada)
  3. La solución (el efecto deseado)
  4. La causa de la solución o plan de acción (la causa deseada)

Y un ejemplo: Starbucks en 2002. En 2002, Starbucks vió descender por primera vez la satisfacción de sus clientes (el problema/síntoma). Pero, ¿cuál era el diagnóstico de esa enfermedad? En términos de negocio, ¿Cuál era la causa del problema? Por aquel entonces, Starbucks pensaba que era la lentitud en el servicio… pero otros pensaban que había crecido demasiado y había “comoditizado” su marca. Si la causa del problema era la primera, bastaba con aumentar personal o invertir en máquinas de café más rápidas. Pero si era la segunda… ¡Ay! Aquí el plan de acción se complica significativamente. Starbucks no hizo un buen diagnóstico… y le pasó factura.

Y bien, ¿cuáles son vuestras experiencias cuando os habéis enfrentado a un diagnóstico?

 

Foto: Stethoscope, by a.drian

El señor de los platillos

platillos

La semana pasada tuve la suerte de escuchar la novena sinfonía de Mahler, interpretada por la Boston Symphony Orchestra. Dado que mis conocimientos en música clásica son más bien limitados, le comenté socarronamente a mi esposa la “cara” que tenía el de los platillos. Y es que, en toda la obra, no creo que tenga que levantarse más de cuatro veces. ¡Menudo chollo de trabajo! Aunque un poco aburrido, eso sí.

Sin embargo, la realidad es que los platillos ejercen un impresionante efecto sobre la audiencia. De repente, cuando uno menos lo espera, el señor de los platillos se levanta y estrella uno contra el otro con tal fuerza que los sentidos se olvidan de violines, trompetas y clarinetes. El espectador fija la mirada en nuestro protagonista, mientras aquel sonido, que no es feo ni bonito, le penetra hasta lo más hondo.

Y en mi ignorancia, pensé que debía de haber alguna razón muy profunda por la que un gran compositor como Mahler hubiese querido disponer de este instrumento. Y me preguntaba si en las empresas no deberíamos también tener a un “señor de los platillos”.  Alguien que nos despierte, con un sonido estridente si hace falta, cuando nos desviamos de nuestra misión, nos dormimos o nos acostumbramos a lo que hacemos.

Y bien, ¿cómo y cuándo hacer sonar los platillos?

Foto: platillos, By icorresa

Una sociedad “marshmallow”

Miss Siúrca trapped in a marshmallow Hole, a softpinkcore nightmare

Quizá la escena más entrañable de la película Up es la que muestra al protagonista y su esposa tratando de ahorrar año a año para conseguir viajar a su destino soñado. Una pareja justa en lo económico que va depositando en una hucha cada moneda que van rascando al bolsillo. Los años van pasando y, para cuando han logrado ahorrar lo suficiente, ya es demasiado tarde.

Desde pequeños nos han enseñado la importancia del sacrificio que busca una recompensa futura: “Estudia niño, o te arrepentirás cuando seas mayor”, “saca buenas notas, y te compraré aquél regalo”, “trabaja 14 horas de becario y así harás curriculum”, “cuidado con esa chica, que te llevará por el mal camino”. Y al madurar, nosotros mismos nos hemos dado cuenta que, en la vida, muchas cosas buenas del mañana requieren de un cierto sacrificio hoy.

En un interesante estudio de los años 60,  Michael Mischel (investigador de Stanford) sometió a varios niños a un divertido experimento. A cada niño le dejaban sólo en una habitación con un marshmallow delante y el experimentador le decía que si no se lo comía, cuando volviera le daría dos. Años después, se analizaron a esos mismos niños y se descubrió que aquellos que fueron capaces de esperar (retrasar la gratificación instantánea de un marshmallow para así recibir dos más tarde) habían destacado mucho más en la vida.

¿Y se necesitaba un estudio para sacar esa conclusión?, me preguntaréis algunos. Seguramente no. Los libros de educación y moral, los educadores, los padres y las abuelas lo saben desde hace tiempo. Sin embargo, algunos que ven estas fuentes de sabiduría como rancias y sospechosas, en ocasiones hacen más caso a un psicólogo de renombre diciendo lo obvio.

¿O quizá no sea tan obvio? No se si los padres de hoy siguen creyendo en esta premisa: que retrasar la gratificación de las cosas nos hace más fuertes y felices. Pero sí creo que los que intenten inculcárselo a sus hijos, hoy lo tienen mucho más difícil…

Escuchas una canción, la detectas en Shazam y te la bajas de internet en segundos. Antes esperabas y esperabas hasta que la emisora te dijera qué canción o grupo era. Tienes que hacer un trabajo y toda la información la encuentras en Internet en minutos.  Antes todos íbamos en busca de la socorrida y escueta enciclopedia. Al niño que tiene sed, la madre le tiene preparado una botella en el coche para que no se deshidrate. Antes, te quedabas sin merendar si pedías agua por quinta vez. Sacas decenas de ideas en un sólo día con sólo leer unos cuantos blogs o seguir tu twitter, cuando antes tenías que leer multitud de libros. Puedes tomar la decisión de si compras tal o cual producto con solo visitar unos pocos foros de opinión, cuando antes necesitabas preguntar a usuarios y visitar varias tiendas. Y los viajes… la oferta sale a tu encuentro y, si no has ahorrado, siempre quedará algún banco o tarjeta que te preste para eso.

De haber nacido 50 años más tarde, nuestra entrañable pareja de Up habría hoy viajado muchísimo más, pero… seguro que no serían los mismos.

¿Cómo serían? ¿Cómo impactará la gratificación instantánea al futuro de nuestra sociedad?

Nuestros dragones

Meet Dragon

La semana pasada asistí a la conferencia que en el IESE dieron Ignacio Gómez-Sancha e Ignacio Núñez, productores de la película Encontrarás Dragones, que se estrenará el próximo 25 de Marzo. Dirigida por Roland Joffé (La Misión) y protagonizada por Charlie Cox (El Mercader de Venecia), Wes Bentley (American Beauty), Olga Kurylenko (Quantum of Solace) y Dougray Scott (Misión Imposible II), la película narra parte de la vida de dos amigos, uno de ellos San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.

Pero, ¿qué son los dragones? ¿Por qué este enigmático título? Joffé se inspira en los mapas antiguos, pues en los territorios no explorados se escribía “hic sunt dracones”, o “aquí hay dragones”. Para Joffé los distintos desafíos que encontramos en la vida son nuestros propios dragones: el miedo, el rencor, el odio, el deseo de venganza y de justicia… De alguna manera, los dragones tratan de separarnos de la excelencia para la que fuimos creados. Y cuando los encontramos, debemos decidir qué opción tomar. Joffé, agnóstico y trotskista en su juventud, ambienta la película en la guerra civil española y muestra con maestría uno de los temas que más le obsesionan: el perdón.

Pero no destriparé aquí la película. Tampoco hablaré de la estrategia de marketing del lanzamiento. Hoy me quiero centrar en los dragones.

Mientras escuchaba a Gómez-Sancha y a Nuñez, me daba cuenta de los dragones que ellos mismos han encontrado en esta aventura empresarial. Dos amigos sin experiencia alguna en cine, se lanzaron a impulsar este proyecto. Empezando por la gestación de la idea, siguiendo por su financiación (¡más de 30 millones de dólares!), el seguimiento de la producción y, ahora, su promoción. Han realizado más de 500 presentaciones a inversores en 14 países distintos, han tenido que aprender a lidiar con artistas de renombre, han negociado con poderosas distribuidoras de cine y ahora se enfrentan al mayor de sus dragones: la taquilla.

Si nuestros empresarios y directivos tuvieran ese arrojo, otro gallo nos cantaría. Y me preguntaba cuáles son, en esta crisis galopante, sus dragones: mantener fábricas a flote, entrar en otros países, innovar en productos y servicios, o la necesidad de romper con décadas de mediocridad y complacencia.

¿Y qué hay de la sociedad civil? Le echamos la culpa a los políticos de nuestra situación, pero no toda la tienen ellos. Hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades, para encontrarnos de pronto con el fantasma del paro. Nos creemos con derechos por los que no hemos luchado, y educamos a nuestros hijos en la gratificación instantánea, mientras las madres de sociedades menos desarrolladas educan a los suyos en la más férrea de las exigencias.

¿Cuáles son, en vuestra opinión, nuestros dragones?

Foto: Meet Dragon, by Fernando Gregory

elBulli o el arte de vencer la indiferencia

En la entrada de la semana pasada, escribía sobre la creciente indiferencia de los consumidores hacia las marcas. Quería hoy dar una visión más optimista. Pues aunque muchas marcas son ignoradas, otras se alzan con una voz muy viva.

¿Ejemplos? Hay muchos, pero me centraré en los aprendizajes del caso elBulli: el Sabor de la Innovación, en el que junto con mis colegas Luc Wathieu y Mike Norton, tuve la oportunidad de profundizar en el universo creativo de Adriá y su socio Soler. ¿Por qué se habla tanto de elBulli? ¿Por qué no nos deja indiferente? ¿Qué podemos aprender de esta brillante comunicación? Aquí van algunas ideas:

  1. Un producto excelente. elBulli no vende “humo”. Las recetas son sencillamente increíbles y Ferrán se ocupa de que el menú cambie cada año. Hace algunas semanas escribí un post sobre la innovación en elBulli, aunque el tema da para más de un libro.
  2. Un producto diferente. “Innovar es no copiar.” Este es el sencillo, pero poderoso mantra que Adriá y su equipo sigue hasta límites insospechados.
  3. Una sobresaliente puesta en escena. Soler y sus cinco jefes de sala lideran un equipo que consigue un equilibrio que pareciera imposible: profesionalidad, naturalidad y cercanía. La experiencia de una cena en elBulli se parece más a la primera vez que un niño va a Disneyland que a una cena en un restaurante de tres estrellas Michelin.
  4. Exclusividad. Hasta ahora sólo 8.000 comensales podían degustar su menú por temporada, si bien más de un millón trataban de realizar una reserva. Pero a pesar de ser exclusivo, su precio (artificialmente bajo) hacía que elBulli fuese también un lujo asequible, algo aspiracional.
  5. Transparencia. Ferrán lo cuenta todo, lo publica todo. Quiere que otros chefs utilicen sus recetas y sus innovaciones.
  6. Humildad. Hace dos semanas, discutiendo el caso con participantes del PDG, uno de ellos argumentaba que la humildad que demuestra Adriá -a pesar de su impresionante prestigio- es una de las razones por las que colegas, fans y periodistas siguen entusiasmados con su historia. Ninguno de los que se ha formado en sus fogones habla mal de él e incluso su respuesta a los que le criticaban ha sido siempre templada y elegante.
  7. Orientación a los medios. Tanto la web de elBulli como la agenda de Adriá están abiertas a la prensa. Si se tiene algo que contar y si la gente quiere escucharlo, los medios y el boca-a-oreja se ocuparán de que se sepa. Los medios han ayudado a crear las marcas “elBulli” y “Adriá”, pero sin los seis puntos anteriores, estos se habrían cansado hace tiempo.

Seguro que hay muchos otros modos de romper con la creciente indiferencia del consumidor… ¿Cuáles creéis que son?

Indiferencia hacia las marcas

The last whisper

En el blog de Seth Godin leía recientemente que, si no te pagan lo que vales, esto puede ocurrir por dos razones: 1) los consumidores no se han enterado de lo que vales o, 2) te crees que vales más de lo que en realidad vales.  Es interesante cómo muchas empresas se han olvidado de esta premisa tan simple.

Muchos pensamos que nuestro producto es bueno, pero no lo es, o no lo es tanto. Luego nos ponemos a invertir en publicidad, con promesas huecas. Y cuando esta no funciona, nos deslizamos por la peligrosa pendiente de los descuentos. Luego vienen las crisis y le echamos la culpa a otros: a las marcas blancas, a la distribución, a los políticos y, cuando no se nos ocurre nadie más, a los consumidores.

Bob Levenson, director creativo de la agencia DDB, escribió a finales de los 60: “Para decir la verdad de un producto es necesario un producto que se merezca decir la verdad sobre él. Tristemente, hay tantos productos que no lo merecen. Tantos productos que no hacen nada mejor que otros. O diferente. Tantos que no funcionan como es debido. O que no duran. O simplemente que no importan. Si jugamos a este juego, nosotros también morimos. Porque la publicidad sólo ayuda a un mal producto a morir más rápido. […] A menos que cambiemos, la marea de indiferencia del consumidor golpeará la montaña de publicidad y estupideces comerciales. En ese día moriremos. Moriremos en el mercado. En nuestras estanterías. En nuestros brillantes envases de promesas vacías.”

Desde entonces, aquella montaña a la que se refiere Levenson no ha hecho más que aumentar. ¿Habrá llegado el momento que vaticinó? En el mercado actual, pareciera que muchas marcas pierden su careta. Competimos en un mercado en el que el ROI publicitario offline es más discutido que nunca, en el que pocos saben cómo trasladar su estrategia de marca al mundo online, en el que los CTRs (click-through rates) son bajísimos, en el que los amigos de las marcas en las redes sociales se cuentan con los dedos de una mano.

Hoy la principal amenaza de las marcas tiene un nombre: INDIFERENCIA.

Foto: “Tha last whisper” by “Elox”