La excelencia en el servicio, cuestión de personas

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En mi post anterior escribía sobre una vieja tienda de caramelos que había cautivado a mis hijos. Hoy querría profundizar un poco más en el servicio excelente, que algunos comercios tienen, pero la inmensa mayoría no.

Lo que más sorprende a un cliente no es un café extraordinariamente bien hecho. No. Lo que hoy más sorprende es una sonrisa sincera, un interés genuino en resolver nuestra necesidad, o una palabra amable. Pensamos que los clientes buscan acciones de un cierto tipo, pero lo que realmente les sorprende son personas de un cierto tipo.

Piensa en el que te da un servicio. En el que te pone un café, en el que limpia el baño, para que  lo encuentres limpio, en el que cocina durante horas, para que te des un homenaje. Mírale a los ojos y dale las gracias, de corazón. Normalmente no lo hacemos, pensamos que nos lo mecemos, porque hemos pagado un precio y porque hemos trabajado duro para ganar ese dinero… o quizá estamos con la cabeza en otra cosa, en nuestras cosas. Trata de hacerlo durante una semana.

Ahora ponte en tu trabajo y piensa en las personas a las que sirves. Si eres camarero, en tu comensal. Si eres consultor, en tus clientes. Hazlo con cariño, hazlo con orgullo, para servirles de verdad y no pensando en tu justa recompensa económica. Prueba a hacerlo otra semana.

Si los clientes y los que prestan un servicio fuesen así, qué fácil sería tener un buen servicio. Pero normalmente no es así. ¿Por qué no es así? Porque la prestación de un servicio no depende sólo de la diligencia con que se haga, sino de ese toque humano. Unos lo tienen y otros no. Unos se esfuerzan y otros no.

Pero podemos esforzarnos. ¿O no?

Foto by jvillanu

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